El retiro del "Guardián de los Secretos"
A sus 86 años, la salida de Alejandro Gertz Manero de la Fiscalía General de la República (FGR) hacia una embajada en Portugal se ha querido vender como un simple trámite administrativo o un retiro honorable. Nada más lejos de la verdad. Este movimiento es un terremoto político de magnitud máxima; es la demolición controlada de la bóveda donde se guardaban los pactos inconfesables y las complicidades del viejo régimen mexicano. Gertz Manero no era un funcionario más; era el gran administrador de la impunidad.
Con una carrera que se remonta a 1961, Gertz sobrevivió a la hegemonía del PRI, a los sexenios panistas y finalmente se enquistó en la Cuarta Transformación. Su poder no manaba de su eficacia investigadora, sino de su capacidad para controlar la llave de los expedientes políticos más sensibles del país. Era el dinosaurio que dictaba a quién se le congelaba una carpeta de investigación y a quién se le perdonaba la vida pública, garantizando, entre otras cosas, la tranquilidad dorada de figuras como Enrique Peña Nieto.
La caducidad de un pacto heredado
El nombramiento inicial de Gertz funcionó como un pacto tácito de no agresión durante el gobierno de López Obrador, un escudo diseñado para evitar una cacería de brujas contra la clase política saliente. Bajo su gestión, casos monumentales como Odebrecht, Emilio Lozoya, la Estafa Maestra o el general Cienfuegos se caracterizaron por el ruido mediático sin condenas definitivas. Fue, en términos de procuración de justicia, un fracaso rotundo, pero en términos de protección a la élite, un éxito impecable.
"Mientras él estuviera sentado sobre esos archivos, el pasado seguía blindado. Pero para el gobierno de Claudia Sheinbaum, esa llave comenzó a estorbar."
Sin embargo, con la llegada de la presidenta Claudia Sheinbaum, la utilidad de Gertz Manero expiró de inmediato. Un fiscal inamovible, diseñado para limitar venganzas pero que no responde al 100% a las nuevas prioridades del Ejecutivo, es disfuncional para la nueva etapa. Su salida es el primer gran mensaje de autoridad de Sheinbaum: deshacerse de un lastre heredado y concentrar el poder para enfrentar de lleno los verdaderos problemas estructurales, como el crimen organizado y las redes de huachicol fiscal.
- Sustitución de un fiscal enfocado en administrar expedientes por uno leal al nuevo proyecto de gobierno.
- Apropiación de las carpetas de investigación sensibles por parte del círculo íntimo de la presidenta.
- Preparación del terreno judicial y político rumbo a las elecciones intermedias de 2027.
Una nueva arquitectura del poder
La salida del guardián del pasado permite la conformación de un nuevo y cerrado triunvirato de seguridad en México: Claudia Sheinbaum como cabeza política, Ernestina Godoy en el brazo judicial y Omar García Harfuch en la fuerza operativa. Este movimiento le otorga a la presidencia el botón rojo para doblegar a adversarios, gobernadores y empresarios evasores. El pacto histórico de impunidad se ha roto, pero queda la incógnita de si este inmenso poder se usará para limpiar verdaderamente el país o para crear una nueva jerarquía de intocables.